CARTAS DESDE EL DESIERTO

EL JARDIN SECRETO

El Jardin Secreto

He recorrido ya unos cuantos desiertos en la vida, y los recuerdo todos. La primera vez que fui consciente de asomarme al infinito fue atravesando Mauritania por las desoladas llanuras del Tassiat y las dunas del Achkar. Por aquel entonces, todavía jugaba a ser rebelde, bebía whisky Dyc con coca, escuchaba a los Limones y viajaba con poco dinero y mucho morro (no como ahora).

Desde entonces, sigo obsesionado con ellos, y soñando con seguir las rutas de aquellos exploradores que intentaron desvelar el misterio de la ciudad de Tombuctú. Por proximidad a mi casa, últimamente me atraían más las aventuras de aquellos que intentaron llegar allí a través de la ruta de Murzuk, y de entre ellas, especialmente la aventura de Gordon Laing, todo corazón, o el gran viaje de Henry Barth a través del Sáhara. En sus cartas y escritos ambos aseguraban haber encontrado en lo más profundo del desierto un jardín secreto en el que manaba la auténtica fuente de la libertad, a la que se dirigían a beber aquellas grandes caravanas procedentes de Egipto a través de Khufra.

Desde hace varios años la situación de seguridad en la zona ha hecho que este lugar permanezca perdido e inaccesible, y como es sabido, todos los lugares perdidos alimentan historias ocultas y excitan la imaginación, sobre todo de las mentes más volátiles, algo así como la mía, si es que soy carne de cañón...

Y saber durante todos estos años, que tras aquellas dunas lejanas que veía desde mi habitación, se encontraba ese jardín escondido, era toda una provocación que no podía desatender durante mucho más tiempo. De hecho todavía no sé cómo aguanté tanto tiempo...

Así que un día quise dejar de soñar y empezar a hacer los sueños realidad, escogí un grupo de tuareg entre los amigos de allí, lo mejor de cada casa, llenamos los coches de armas, combustible, agua y un par de corderos maduritos, y nos internamos entre las dunas. No necesitábamos más.

Mientras recorríamos el mar de dunas de Ubari, pensaba en aquellos primeros habitantes de la zona, los garamantes. Aquella civilización, capaz de frenar el avance romano por el desierto, recorría estas mismas dunas en cuadrigas impulsadas por caballos. Su capital estaba en Germa, muy muy cerca de donde llegamos aquel día. Allí todavía quedan las ruinas de su poderoso imperio. Pero llegar hasta allí sí que es meterse en un buen lio, aunque no seré yo el que diga que no a esta aventura.

Por el camino iban apareciendo lugares increíbles, sólo conocidos por los tuareg, todos descartados por los mapas, sin derecho a nombre, y que yo intentaba almacenar en mi memoria a golpe de selfie. Dunas de diferentes colores y tamaños, reducidos grupos de palmeras o una pequeña acacia, sin apenas leña para un calentón, que yacía solitaria entre aquel mar de dunas... Todo me emocionaba, que así soy yo de tierno con mi nuevo corazón, pero hubo un lugar donde sé que se me escapó el alma y allí debe estar todavía, atrapada en aquel silencio mortal, a los pies de una duna y un par de palmeras...

Y así subiendo dunas, bajando cortados o sacando coches atrapados en la arena nos dio la hora de comer. Tras la oración del "salat al asr", y en un medio de un paisaje increíble, hicimos un fuego, y compartiendo plato y cuchara, devoramos pasta, cordero y kueskos ajenos. Así, de la mejor manera que conozco para disfrutar al máximo de las cosas sencillas, como aprendí en el Ejército: en camaradería. Qué pena de vino...

Dejo para el próximo día si conseguimos encontrar el jardín secreto y las fuentes de la eterna libertad o continuará siendo uno de esos mitos que abundan en mis sueños... Que lo que quería hoy era enseñaros las fotos que hice durante la ruta. Además, no siempre es necesario llegar, que muchas veces lo mejor se encuentra simplemente en el camino...

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