Mozambique: la aldea a orillas del Limpopo

Después de todo lo que estoy viendo en España, he decidido que cuando termine este arresto domiciliario, voy a fugarme al castillo de no volverás y no me van ver el pelo nunca mais.

Mientras tanto, intento pasar los días buscando refugio entre aventuras pasadas y pendientes, y esta vez  me ha venido a la memoria otro viaje inédito que hice con mis hijas por el sur de África.

Quería que hicieran como yo y descubrieran África a golpe de zapatilla, así que planeé una ruta sencillita que atravesara Sudáfrica y Mozambique con el objetivo llegar hasta las playas de Bazaruto, un paraíso de horas muertas donde descansar del largo viaje.

Por el camino haríamos paradas en aldeas perdidas, realizaríamos safaris por el Kruger o navegaríamos junto a las ballenas en las playas de Xai Xai.

Hasta aquí los planes, que ya lo dijo Alberto Moravia: planificar en África no es otra cosa que fantasear. Porque hay días que está clarísimo que los astros del Universo deciden alinearse y ponerse de acuerdo para complicar a alguno los planes

Y aquél verano en Mozambique se alinearon los astros y se desencadenó “la tormenta perfecta”.

El ultimo día en Sudáfrica, aprovechando que íbamos bien de tiempo, decidí hacer un último safari por el Kruger. Allí vimos a un león despachándose un rinoceronte, sí que lo vimos, sí, y a una jauría de hienas alrededor esperando su parte del botín. El día no podía empezar mejor (aunque el rinoceronte no opinase igual).

Fue al entrar en Mozambique. No sé si la culpa la tuvo aquella pista que en el mapa parecía mmmmucho mejor o quizás fuera aquel hotel que reservé por Booking y que al llegar ni estaba abierto ni se le esperaba…O un poco de todo, el caso es que aquella aventura planeada terminó para nosotros en la negrura de la noche con dos ruedas pinchadas por un camino embarrado que atravesaba una aldea que parecía habitada tan sólo por espectros. Y aquella noche, a orillas del rio Limpopo, en una aldea solitaria atrapada en medio de una selva sin domesticar empezó para nosotros otra aventura muy distinta, pero igual de buena.

Porque como la suerte protege a los audaces, tuvimos la fortuna de pinchar la segunda rueda frente al destino final de aquellos espectros del camino: el único bar de toda la pista. Ante esta clara señal divina, decidimos entrar. Y por difícil que parezca, allí, envueltos por una música estruendosa, rodeados de unos parroquianos pasados de alcohol y saboreando una cerveza caliente, encontramos la ayuda, la paz y el sosiego que necesitábamos, Sobre todo porque apareció Armando (en realidad lo saqué de la cama), disfrazado de ángel de la guarda para ofrecernos choza, cobijo y amistad.

Rudyard Kipling describió el gran río Limpopo como “gris, grasiento, todo rodeado por árboles de la fiebre, donde mora la serpiente pitón de roca bicolor» pero nosotros de la mano de Armando descubrimos el lugar perfecto para quedarnos. Y en la escuela de primaria de aquella aldea, entre risas y cantos, y bajo la atenta mirada de centenares de ojos negros como la noche más oscura, mis hijas recibieron una lección inolvidable.

Hicimos safaris increíbles, navegamos junto a ballenas, nos bañamos en playas paradisíacas deambulamos por mercados locales, comimos de todo, reímos, nos peleamos, en fin, vivimos la aventura…pero Carlota y Jimena solo se acuerdan del lío en el que les metió su padre y de aquella aldea perdida a orillas del Limpopo…

 

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El Cuchara
cconde@desertando.com
1 Comentario
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    Rafa
    Publicado a las 22:54h, 25 abril Responder

    ¿Lo del rico desayuno que te prepararon lo dejas para otra ocasión?

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